Nueva época Nº 12 Octubre ~ Diciembre 2006

www.zendodigital.es 


 


 

      

La Religión del Mercado

por David Loy (*)



Es sabido que la religión es difícil de definir. Sin embargo, si la comprendemos como aquello que nos sostiene de forma más fundamental, mostrándonos lo que es el mundo así como nuestra función en él, se hacen evidentes dos puntos: las religiones tradicionales satisfacen cada vez menos esta función; precisamente porque es suplantada -o encubierta- por otros sistemas de creencias u otros sistemas de valores. Hoy en día, las ciencias constituyen el nuevo sistema de explicación más poderoso, y el consumismo, el sistema de valores más atractivo. La economía, la más influyente de las "ciencias sociales", es su producto visible en el mundo universitario. Para responder a ello, este artículo sostiene que el sistema económico actual también debe ser comprendido como una religión, puesto que ha pasado a ocupar una función religiosa. La disciplina de la economía no es tanto una ciencia como la teología de esta religión, y su dios, el mercado, se ha transformado en un círculo vicioso de producción y de consumo en constante aumento, en su pretensión de ofrecer una salvación secular. El hundimiento de "la herejía" comunista hace todavía más patente que el mercado se ha convertido en la primera y verdadera religión mundial. Éste une y afianza cada vez más todos los puntos del globo en una visión mundial y en un juego de valores cuya función religiosa, si no se remarca, es sólo porque se quieren presentar como "seculares".

Que nuestra época de catástrofes ecológicas sea también la de un desafío extraordinario lanzado a las religiones más tradicionales no es, por lo tanto, una coincidencia. Aunque ofenda nuestra vanidad, considerar las instituciones religiosas convencionales, tal y como las conocemos hoy día, como actores determinantes en la resolución de la crísis del medio ambiente parece un poco ridículo. Su problema más inmediato es saber si sobrevivirán bajo una forma más o menos identificable, al igual que velamos con inquietud por la supervivencia de los bosques tropicales. Las grandes religiones no están aún agonizando pero parece que han sido ya alcanzadas por la senilidad, ya que parecen más preocupadas por problemas del pasado, cuando no apegadas a concepciones ya superadas (como la postura pronatalidad), cada vez más inoperantes (como el fundamentalismo) o trivializadas (como ir a misa los domingos). El resultado es que hasta ahora no han podido ofrecer lo que es muy necesario, a saber, un desafío serio al proselitismo agresivo del capitalismo de mercado, el cual ya se ha convertido en la religión más próspera de todos los tiempos, y que gana adeptos con todavía mayor rapidez que ningún otro sistema de creencias o de valores en la historia de la humanidad.

Hoy en día, la situación de las religiones se ha vuelto tan crítica que la crísis del medio ambiente, a pesar de ser lo peor para la Tierra, es sin embargo lo mejor que podría sucederle a las religiones. La catástrofe ecológica nos hace tomar conciencia no sólo de que necesitamos una fuente de valores más profunda y significativa que la que nos ofrece el capitalismo de mercado, sino también que la religión contemporánea no satisface esta necesidad.

La economía como teología

"Es intolerable que las cuestiones más importantes referentes a las condiciones de vida humana sean decididas únicamente en función de los beneficios de las sociedades internacionales." (Daly & Cobb, 1994) [1]

En 1960, los países del Norte eran cerca de veinte veces más ricos que los del Sur. En 1990, después de cantidad de ayudas, intercambios, préstamos y de la recuperación/rattrapage industrial del Sur, los países del Norte se han vuelto cincuenta veces más ricos. La quinta parte más rica de la población mundial obtiene ahora cerca de un 83% del total de los ingresos mundiales, mientras que la quinta parte más pobre sólo recibe el 1,4%. Desde entonces, miles de personas del tercer mundo mueren de hambre o de malnutrición cada día... ¿Por qué aceptamos esta injusticia social? ¿Qué razonamiento nos permite dormir tranquilamente cada noche?

"La explicación se sostiene esencialmente en nuestra conversión a una religión particular, europea y occidental (pero hoy en día mundial), la religión individualista de la economía y del mercado, que explica que todas estas consecuencias son sólo los resultados inevitables de un sistema objetivo en el cual toda intervención es contraproducente. (Según este cálculo económico,) el empleo no representa más que un coste en los intercambios, y la naturaleza no es más que una reserva de recursos que se utilizan en el proceso de producción. En este cálculo, el mundo de los intercambios es tan fundamental y está tan desconectado del medio ambiente (…) que toda intervención en el sistema económico actual es una amenaza para el orden natural de las cosas y, por lo tanto, para el bienestar de la humanidad futura. Según este punto de vista, este resultado es simplemente (o por lo menos inevitablemente) lo que emerge de la actividad natural de este sistema económico y de la "sabiduría del mercado" sobre la cual está basado. La hegemonía realizada por esta construcción intelectual particular - una "religión europea" o económica - es extraordinaria. Ha sido elevada al rango de dogma de aplicación casi universal, la religión dominante de nuestra época. Ésta garantiza y justifica lo que podría parecer como un status quo de una grave injusticia patente. Su influencia, que se ha vuelto inmensa, domina toda la actividad humana contemporánea." [2]

Según Dobbell, esta teología está basada en dos proposiciones que son ampliamente aceptadas aunque no sean evidentes: en primer lugar, el mercado es justo y correcto (en este sentido "el mercado me lo manda" es una excusa aceptable para múltiples actividades moralmente discutibles); en segundo lugar, el valor puede ser representado de forma adecuada por un precio. Estando los recursos naturales desprovistos de precio, las técnicas de explotación como las redes de arrastre o las talas de bosques no sólo son aceptables sino que son necesarias para ser competitivo, incluso si "más o menos todo el mundo hoy en día sabe que los sistemas comerciales son profundamente defectuosos, en el sentido de que, librados a sí mismos en las cuestiones de precio e intervenciones, llevarán inevitablemente a daños medioambientales así como a la destrucción de sistemas ecológicos insustituibles." [3]

La hipótesis sobre la cual descansan estas dos proposiciones es que un sistema (económico) así es natural. Si el mercado capitalista funciona según leyes económicas tan "naturales" como las de la física y la química, - si la economía es una ciencia pura - sus conclusiones parecen inevitables, a pesar de que éstas hayan llevado a una extrema desigualdad social, y que actualmente conduzcan a una catástrofe ecológica. No obstante, nuestras relaciones económicas no tienen nada de inexorable. Esta comprensión errónea es precisamente lo que debemos abordar - y es también aquí donde entra en escena lo religioso, ya que con la creciente prostitución de las universidades y los medios de comunicación en estas mismas fuerzas del mercado, no parece que haya otras perspectivas morales apropiadas para recusarlas. Afortunadamente, las religiones proponen visiones del mundo alternativas, que siempre pueden ayudarnos a comprender que la victoria mundial del capitalismo del mercado representa otra cosa que la simple obtención de la libertad económica: más bien se trata de la ascensión de una interpretación y de una evaluación particulares del mundo, que no deben ser tomadas por dinero contante. Lejos de estar predestinado, este sistema económico es una forma particular y condicionada por la historia de organizar y reorganizar el mundo. Es una visión del mundo, con su ontología y su ética que rivaliza con otros sistemas de comprensión de lo que es el mundo y de cómo vivir en él.

Desde un punto de vista religioso, el carácter "natural" no es lo más chocante de los valores del mercado sino más bien la extraordinaria eficacia y la fuerza de persuasión de sus métodos de conversión. Como profesor de filosofía, sé que, lo que haga con mis estudiantes algunas horas a la semana, no es practicamente nada frente a las animaciones proselitistas en las que se bañan fuera de las clases - los seductores anuncios (frecuentemente hipnóticos) en radio y televisión, en revistas, autobuses, etc., que les presionan constantemente con: "Cómprame si quieres ser feliz". Si no se está cegado por la separación habitual entre lo profano y lo sagrado, se puede comprender que aquí se trata de la promesa de una nueva salvación, de un nuevo medio para resolver la cuestión del desamparo. En la medida en que se trata de un golpe llevado al corazón de la verdadera perspectiva religiosa - que ofrece una explicación alternativa a nuestra incapacidad de ser felices y una vía bien diferente para llegar a serlo - las religiones serían bien irresponsables de ignorar esta dimensión religiosa del capitalismo y de no insistir en el carácter engañoso de una seducción así, porque esta respuesta al desamparo sólo conduce a una insatisfacción cada vez mayor.

Más que demostrar la inexorabilidad de los sistemas económicos, su historia revela la contingencia de las relaciones comerciales que actualmente nos parecen naturales. Aunque tengamos la tendencia a considerar la motivación del beneficio como universal y racional (pensar en la benévola "mano invisible" de Adam Smith), los antropólogos han descubierto que no era tradicional en las sociedades precisamente tradicionales. En el sentido de que la motivación del beneficio que se encuentra en esas sociedades, juega un papel particularmente reducido y su tendencia a romper los vínculos sociales las ha hecho prudentemente aprensivas. La mayoría de las sociedades pre-modernas no hacen una distinción clara entre las esferas económica y social, las funciones económicas son, en consecuencia, integradas en relaciones sociales más globales. El hombre pre-capitalista "no actúa para salvaguardar sus intreses individuales mediante la posesión de bienes materiales; actúa para salvaguardar su estatus social, sus reivindicaciones sociales y su capital social. Evalúa los bienes materiales únicamente en función de este fin." En cambio, en la sociedad capitalista: "La economía no está introducida en las relaciones sociales, al contrario, son las relaciones sociales las que están introducidas en el sistema económico." (Polanyi, 1957) [4]


Tawney ha descubierto los mismos conceptos en las relaciones comerciales del pre-renacimiento occidental:

"En la teoría medieval no hay cabida para una actividad económica que no esté vinculada a un fin moral. Basar una ciencia social en la hipótesis de que el deseo de un beneficio económico es una fuerza constante y medible, además aceptable como todas las otras fuerzas naturales como hecho inevitable y evidente, hubiera parecido al pensador medieval casi menos irracional o menos inmoral que hacer un desajuste de carácteres inherentes al hombre como el ardor combatiente y el instinto sexual, los cimientos de una filosofía social." [5]

A finales de la Edad Media, empezó de manera evidente una transformación crucial - que tuvo lugar a partir de que la interpretación religiosa predominante del mundo empezó a perder su influencia sobre la vida de los hombres. Cuando el beneficio se convertía progresivamente en el motor del proceso económico, la tendencia era la reorganización gradual de todo el sistema social y no simplemente de sus elementos económicos, puesto que no había distinción natural entre sus elementos. "El capital había dejado de ser un sirviente y se había convertido en un maestro. Arrogándose una vitalidad independiente y separada, ha reclamado el derecho de un socio predominante para imponer una organización económica conforme a sus propias exigencias." [6] Se trata de otro ejemplo de la paradoja tecnológica: hemos creado sistemas complejos para hacer nuestras vidas más agradables, todo esto para acabar encontrándonos atrapados en la inexorable lógica de su propio desarrollo. El monstruo de Frankenstein de Shelley lo expresa de forma más brutal: "Tú eres mi creador, pero yo soy tu maestro."

Max Weber fue el investigador que más ha contribuido a revelar las raíces religiosas del capitalismo del mercado. Su teoría, controvertida, afirma que el capitalismo sigue siendo esencialmente religioso en su estructura psicológica. Según La ética protestante y el espíritu del capitalismo, la teoría puritana de la predestinación distinguía inicialmente los medios (la acumulación del capital) de los fines (la certeza de la salvación). Cuando los puritanos se preocuparon cada vez más por los medios, los fines primeros se debilitaron poco a poco y aunque el ascetismo del mundo interior no desapareció, Dios estaba cada vez más distante y el Cielo era cada vez menos relevante. En nuestro mundo moderno, la motivación original se ha desvanecido pero nuestra preocupación por el capital y del beneficio no ha desaparecido tanto; al contrario, ha pasado a ser nuestra obsesión principal. Como ya no hay otro fin, ya no existe otra salvación definitiva en la que creer. Por lo tanto, permitimos que los medios sean, efectivamente, nuestro fin.


La sociología de las religiones de Weber distingue las religiones más ritualistas y legalistas, que se adaptan al mundo, de las religiones de salvación, que le son más hostiles. Por su impulso carismático o profético, las religiones de salvación con frecuencia son revolucionarias, pero también misionarias puesto que buscan inculcar un nuevo mensaje o una promesa en la vida cotidiana. Sus esfuerzos por asegurar la perpetuación de la gracia en el mundo requieren en última instancia una reorganización de los sistemas económicos. Weber a remarcado que habitualmente los creyentes de este tipo de religión "no saborean del reposo interior porque se enfrentan con tensiones interiores". Este último punto, que tanto nos recuerda nuestra propia situación, sobreentiende que el capitalismo del mercado no sólo ha debutado como una especie de religión de salvación, sino que también puede ser comprendido como tal. Insatisfecho con el mundo tal como es, el capitalismo del mercado está forzado a vertir poco a poco una nueva promesa, motivada (y justificándose a sí misma) por la fe en la gracia del beneficio, preocupado por perpetuar esta gracia con este celo misionario de extender y reorganizar (racionalizar) el sistema económico. El razonamiento de Weber significa que, si bien vemos el mundo moderno como secularizado, sus valores (es decir, la racionalización económica) no sólo derivan de los valores religiosos (la salvación por la aportación de una nueva promesa revolucionaria en la vida cotidiana), son esencialmente los mismos valores, aunque sean transformados por la pérdida de referencia de otro mundo, y que su orientación hacia un futuro se haya vuelto inconsciente.

Tal como ha destacado Weber, la cultura de vocación ascética tal vez ha perdido su sentido original pero no por ello es menos poderosa. Nuestro modelo de salvación exige siempre una orientación hacia el futuro. Norman Brown lo ha dicho: "Nuestros excedentes ya no son para Dios; el proceso de producir excedentes cada vez más sobrantes se ha convertido en sí en nuestro Dios". [7]. Opuestamente al tiempo cíclico de las sociedades pre-modernas, con sus rituales estacionales de expiación, nuestro tiempo económico es lineal y está dirigido hacia el futuro, difiriendo una expiación que ha desaparecido como motivación consciente. No obstante, esta motivación inconsciente todavía opera puesto que continuamos buscando un fin que es eternamente aplazado. Así, nuestra reacción colectiva se ha vuelto necesitada de creencia: el deseo nunca satisfecho de un "nivel de vida" siempre más alto (porque una vez que nos definimos como consumidores, nunca tenemos suficiente) y el canto a un "desarrollo" económico duradero (porque las sociedades y el Producto Nacional Bruto nunca son suficientemente cuantiosos).

La gran transformación

Engels cuenta una anécdota donde señala a un industrial de Manchester que nunca había visto una ciudad tan sucia y construida a despecho del buen gusto: "El hombre escuchó en silencio hasta el final y cuando nos separamos dice: 'Y sin embargo, aquí se hace mucho dinero. Buen día señor.'" [8]

La revolución industrial de finales del siglo XVIII fue un momento decisivo para el desarrollo del capitalismo del mercado, cuando las nuevas tecnologías permitieron un perfeccionamiento sin precedentes de la maquinaria de producción. Esto condujo a la "liberación" de una masa crítica de tierras, de trabajo y capital, que la mayoría de la gente vivió como una catástrofe sin precedentes por la destrucción del tejido comunitario - una catástrofe que todavía se reproduce hoy en día en una gran parte del mundo "en desarrollo".

La Gran Transformación de Karl Polanyi (1944) se presenta como una indignación horrorizada frente a estas consecuencias sociales así como un informe que aclara los orígenes de esta deformación: cómo el mundo se ha transformado en productos de intercamio comercial. Para que las fuerzas comerciales puedan interactuar libre y productivamente, la naturaleza debe ser convertida en tierras, la vida en trabajo y el patrimonio en capital. Siglos antes, en Inglaterra, los municipios, las tierras que pertenecían tradicionalmente por entero a la comunidad, fueron cerradas para convertirse en bienes privados de unos pocos. La calamidad de la comercialización (comodificación) resultó ser todavía peor. La Tierra (nuestra madre y nuestro hábitat) ha sido transformada en un conjunto de recursos explotables. La vida humana ha sido transformada en trabajo, o en tiempo de trabajo, valorado según la oferta y la demanda. El patrimonio social, la herencia conservada, laboriosamente acumulada y guardada para los propios descendientes, ha sido transformada en capital fongible, que podía ser tanto comprado como vendido, una fuente de rentas para algunos afortunados y deudas abrumadoras para los otros.

La interacción de estas comercializaciones ha conducido a una acumulación casi prodigiosa de capital, y un desmoronamiento no menos sorprendente de la vida comunitaria tradicional, a medida que los lugareños fueron echados de sus tierras por estas nuevas fuerzas económicas. "Para disociar el trabajo de las otras actividades y someterlo a las leyes del mercado, ha sido necesario hacer desaparecer todas las formas orgánicas de existencia y reemplazarlas por un modelo diferente de organización, atomista e individualista" destaca Polanyi. Un sistema así "no puede existir un momento sin hacer desaparecer el fondo natural y humano de la sociedad". El principio del "dejar-hacer" según el cual los gobiernos no deberían interferir en las operaciones del sistema económico, ha sido aplicado de manera muy selectiva: cuando los gobiernos fueron exhortados a no intervenir en materia industrial, se necesitaron sus leyes y su política para reducir el trabajo a un producto comercial. Lo que se había denominado la no-intervención era en realidad una intervención para "deshacer las relaciones no-contractuales entre personas e impedir su reforma espontánea." [9]


¿Es una coincidencia que hoy en día todavía prosigan las mismas ambigüedades? Cuando los que se llaman a sí mismos conservadores predican la desregulación del sistema de libre-empresa del marco gubernamental, se piden subvenciones federales para mantener industrias poco rentables (como la energía nuclear) o cubrir fracasos económicos, mientras las políticas internacionales ahora son concebidas para asegurar el mundo de las empresas multinacionales. Hasta estos últimos siglos, hubo una débil distinción real entre la Iglesia y el Estado, el poder sagrado y el poder secular, y sus amables relaciones todavía se saborean hoy: lejos de mantener una regulación efectiva o incluso una posición neutra, el gobierno de los Estados Unidos se ha vuelto el partidario más poderoso de la religión del capitalismo del mercado como modo de vida y, de hecho, no hay otra elección porque ahora se ha convertido en intermediario que vive del pastel de los beneficios del mercado.

Hay una línea directa desde la comercialización de la tierra, la vida y el patrimonio del siglo dieciocho hasta los agujeros de la capa de ozono y el recalentamiento mundial actuales. Esta comercialización también ha conducido a otro tipo de desastre ecológico que, de forma muy diferente, es igual de problemático: el agotamiento del "capital moral", un término horrible, que sólo podía haber sido imaginado por los economistas, para describir otra consecuencia social terrible de las fuerzas comerciales. Tal como subraya Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales, el mercado es un sistema peligroso puesto que mina los valores comunitarios eminentemente compartidos, que necesita que se retengan sus desbordamientos. "De todas formas, conducido en gran medida por el interés propio, el mercado todavía depende absolutamente de una comunidad que comparte valores como la honestidad, la libertad, la iniciativa, el ahorro y otras virtudes cuya autoridad no soportará durante largo tiempo la reducción al nivel de gustos personales explícito en la filosofía de valor positivista, individualista en la que está basada la economía moderna." [10]. Una contradicción fundamental del mercado es que necesita rasgos de carácter como la confianza para funcionar eficazmente, pero sus propios funcionamientos tienden a minar esta responsabilidad personal frente a otros. Esta contradicción llega a un punto de ruptura que ya está muy avanzado en numerosas empresas. Los "desengrasados" masivos y el recurso del trabajo a tiempo parcial muestra el interés decreciente por los asalariados, mientras que en el otro extremo de la escala los salarios extraordinarios aumentan (acompañados de lucrativas stock-options). Otras prácticas dudosas como la obtención de participaciones del capital de la empresa por el equipo de gestión revelan que los directores encargados de la gestión de las empresas se convierten cada vez más en adeptos de su explotación y de su canibalismo para su beneficio personal.

Así, el mercado muestra que no acumula "capital moral", lo "consume", por lo que depende de la comunidad para regenerarlo, de la misma manera que depende de la biosfera para regenerar el capital natural. No es sorprendente que las consecuencias, a largo plazo, también han sido las mismas: al igual que hemos alcanzado el punto en que esta capacidad de reconstitución de la biosfera está comprometida, nuestro capital moral colectivo se ha debilitado tanto que nuestras comunidades (o más bien nuestras asociaciones de individuos ahora atomizados donde cada cual busca ser el "número uno") ya no son capaces de regenerarlo, con la consecuencia de los desajustes sociales evidentes que conocemos. Este punto merece ser repetido puesto que es tan importante y malinterpretado con tanta frecuencia. La desmoralización social que afecta a tantas sociedades "desarrolladas" no puede ser corregida mediante la aplicación más eficaz de los valores del mercado (como suprimir las ayudas sociales a las madres solteras para que puedan contribuir al bien comun con su trabajo) porque es la consecuencia directa de esos mismos valores. La comercialización que sigue destruyendo la biosfera, el valor de la vida humana y el patrimonio que debiéramos dejar a las generaciones futuras, también sigue destruyendo las comunidades locales que preservan la fibra moral de sus miembros. Tanto la degradación de la Tierra como de nuestras propias sociedades deben ser consideradas ambas como la consecuencia de un mismo proceso de comercialización - que se sigue racionalizando su operación como natural e inevitable.

El continuo empobrecimiento del "capital moral" nos recuerda con fuerza que una comunidad es más que la suma de sus partes, que el bienestar de todos es necesario para el bienestar de cada miembro. Sin embargo, la teoría económica actual no puede poner esto en ecuación. ¿Por qué no? Responder a esto nos lleva a los orígenes del pensamiento económico, en el siglo dieciocho, orígenes que están enraizados en la filosofía individualista del utilitarismo prevalente de la época. Desde entonces, la filosofía se ha desarrollado considerablemente, aunque la teoría económica todavía está al servicio de los valores utilitaristas, aunque ignore su deuda [11]. Para el utilitarismo, la sociedad está compuesta por individuos aislados que buscan satisfacer sus propios fines. Los valores humanos son reducidos a un cálculo que maximiza los placeres (sin distinción cualitativa) y minimiza las penas. La racionalidad es definida como la persecución inteligente del propio provecho personal. Adam Smith lo comprendía así: "Los individuos son considerados según su capacidad de entrar en relación con otros de diferentes maneras, que se reducen a la benevolencia o al amor propio, pero no están constituidos por estas relaciones u otras. Existen fundamentalmente separados del prójimo, y se relacionan desde esta posición de separación. Sus relaciones son externas a sus propias identidades." Como la enseñanza económica ha obtenido la prerrogativa sobre las Ciencias Sociales (no existe un premio Nobel de sociología o ciencias políticas, todavía menos de filosofía o religión), esta concepción de nuestra humanidad ha venido a prevalecer justo en el momento en que sus presuposiciones han sido minuciosamente descalificadas por la filosofía, la psicología y la sociología contemporáneas - sin mencionar la religión, que ha ofrecido siempre una comprensión bien diferente del sentido del ser humano. No obstante, como los valores del mercado conducen al deterioro cualitativo de nuestras relaciones sociales, "la sociedad se convierte más en el agregado de individuos descrito por la teoría económica. El modelo "positivo" empieza a funcionar, inevitablemente, como la norma, donde la realidad está conformada por la aplicación de las políticas derivadas del modelo." [12]. Hemos aprendido a desempeñar los papeles correspondientes a las tareas que ahora debemos hacer y a las imágenes comerciales que nos asaltan constantemente.

Como todas las filosofías occidentales modernas, el utilitarismo de Bentham y de Mill se debe a René Descartes. El dualismo metafísico de este último distinguía las intenciones de los hombres de todos los demás objetos, lo que tuvo como efecto su devaluación bajo la forma de medios al servicio de los fines humanos. A pesar del acierto de la filosofía del siglo XX, que ha rechazado el dualismo cartesiano sujeto-objeto, la teoría económica actual todavía presupone dicha teoría subjetivista de los valores, que sólo puede concebir en forma de satisfacciones a los deseos humanos.


Nuestra humanidad reducida a la fuerza de trabajo y a una colección de deseos insaciables, a medida que nuestras comunidades se desintegran en agregados de individuos que compiten para conseguir sus fines personales… La tierra y todas sus criaturas comercializadas en una reserva de recursos explotables para la satisfacción de esos deseos… ¿Deja este dualismo radical algún lugar para lo sagrado? Creamos o no en Dios, sospechamos que falta algo. Recordemos aquí el rol crucial que pueden desempeñar las religiones: plantear cuestiones fundamentales sobre nuestra comprensión empobrecida de lo que es el mundo y de lo que pueden significar nuestras vidas.

El hambre sin fin… sin embargo ¿somos felices?

"Hoy en día, no es la transformación de concienia del proletariado lo que liberaría al mundo sino la del consumidor." (Daniel Miller) [13]


Desde una perspectiva religiosa, el problema del capitalismo del mercado y de sus valores es doble: avidez e ilusión. Por un lado, el mercado desmedido enfatiza e incluso requiere, por lo menos de dos maneras, la avidez. El deseo del beneficio es necesario para alimentar el motor del sistema económico, y se debe generar un deseo insaciable de consumir cada vez más con el fin de crear mercados para lo que pueda ser producido. En la teoría económica, y cada vez más en mercado que promueve, la dimensión moral de la avidez es inevitablemente perdida; hoy, parece que se encarga a la religión el hecho de preservar la problemática de un rasgo humano que, en el mejor de los casos, es indeseable, en el peor, indiscutiblemente pernicioso. En cierta medida, las interpretaciones religiosas del mundo han tendido a percibir la avidez como natural, pero antes que liberarla, vieron la necesidad de controlarla. El problema de la avidez - tanto la avidez del beneficio como la avidez del consumo - no sólo es debido a la consecuente mala distribución de los bienes mundiales (a pesar de que una distribución más equitativa sea claramente esencial) o a sus efectos sobre la biosfera, sino incluso más fundamentalmente porque la avidez está basada en una ilusión: la ilusión de que la felicidad se encuentra de esta manera. Buscar una realización mediante el beneficio, o hacer del consumo el sentido de la propia vida, desemboca a una falsa religión, una perversión demoníaca de la verdadera religión; y cualquier institución religiosa que hace las paces con la prioridad de los valores del mercado, no merece ser llamada una religión genuina.

En otras palabras, la avidez es parte de un falso sistema de valores (la manera de vivir en este mundo) basado en un incorrecto sistema de creencias (lo que es el mundo). El extremo subjetivismo del cartesianismo y el individualismo atomista del utilitarismo, que "naturalizan" dicha avidez, deben ser retados y rechazados - no sólo intelectualmente, sino sobre todo en la forma de vivir nuestras vidas. La gran sensibilidad para la justicia social en las religiones semitas (para las cuales el pecado es un fracaso moral de la voluntad) necesita ser complementada por el énfasis que las tradiciones del despertar asiáticas ponen en ir más allá y disipar la ilusión (la ignorancia como fracaso de comprender). Por otra parte, sospecho que en nuestra era cínica, lo primero sin lo segundo esté condenado a la ineficacia. Nunca seremos capaces de resolver el problema de la justicia social distributiva si no superamos también la ilusión del valor de la felicidad a través de la acumulación individualista y el consumo, sólo por la habilidad de aquellos que controlan los recursos mundiales de manipular las cosas en favor de lo que perciben como ventajas propias; y, tal como ha mostrado el siglo XX, las violentas revoluciones para derrocar estas élites sólo han hecho que fueran reemplazadas por otras.


Según el historiador francés Fernand Braudel, la revolución industrial fue "al final una revolución esperada" - o más precisamente "una transformación de los deseos" [14]. Como hemos sido llevados a considerar nuestros propios deseos insaciables como "naturales", es necesario recordar en qué medida nuestra forma actual de deseo es también un sistema de valores particular, históricamente condicionado - un conjunto de hábitos fabricados como los productos proporcionados para satisfacerlos. Según el diario comercial Advertising Age, que debería saberlo, en 1994, los Estados unidos gastaron 147 billones de dólares en publicidad - bastante más que para el conjunto de la enseñanza superior. Esto traducido a un aluvión de 21.000 spots televisivos, 1 millón de páginas de anuncios en prensa, 14 billones de catálogos de venta por correspondencia, 38 billones de folletos publicitarios y un billón de rótulos, pósters y carteles. Esto no incluye las diversas industrias relacionadas que afectan el gusto y gasto del consumidor, como la promoción, las relaciones públicas, el márketing, el diseño y sobre todo la moda (no sólo ropa) cuyo total ascendió a otros 100 billones por año [15]. En conjunto, esto constituye probablemente el mayor esfuerzo de manipulación mental que haya experimentado nunca la humanidad - todo ello con el único fin de definir y crear necesidades de consumo. No es de extrañar que un niño en los países desarrollados tenga un impacto ambiental treinta veces superior al de un niño del tercer mundo.


Si el mercado sólo representa la manera más eficaz de satisfacer nuestras necesidades económicas, ¿por qué son necesarias industrias tan enormes? La teoría económica, como el mismo mercado, no diferencia entre los deseos genuinos y los deseos creados más dudosos. Ambos son tratados como normativos. Es indiferente saber por qué alguien quiere algo. De todas formas, las consecuencias de este enfoque siguen creando una enorme diferencia. El modelo de consumo que ahora nos parece natural, proporciona un contexto de reflexión al rápido deterioro de los sistemas ecológicos en la segunda mitad de este siglo: según el Worldwatch Institute, el consumo de bienes y servicios de las personas vivientes entre 1950 y 1990 (medido en dólares) ha sido superior al de todas las generaciones precedentes en la historia de la humanidad [16].

Si esto no es lo suficientemente perturbador, añadid a esto las consecuencias sociales de nuestra conversión a los valores del consumo, que han, por lo menos en los Estados Unidos, revolucionado la manera de relacionarnos unos con otros.

Con el desmoronamiento, a todos los niveles, de la comunidad, los seres humanos se han acercado más al modelo tradicional del Homo economicus. Ir de compras se ha convertido en el gran pasatiempos nacional. La tienda es el lugar donde hay una mayor seguridad de ser bienvenido. Descubrir productos originales, precios no habituales da un estatuto. Los americanos han dilapidado su herencia y empobrecido a sus hijos con préstamos masivos y por la venta, también masiva, de bienes nacionales [17]. Esto fue mucho para su patrimonio. Nuestra extraordinaria riqueza no ha sido suficiente para nosotros, así que la hemos complementado mediante la acumulación de estraordinarias cantidades de deudas. ¡Qué hábiles hemos sido para inventar un sistema económico que nos permite robar los futuros bienes de nuestros descendientes! La comercialización del capital ha conseguido algo que normalmente se consideraba imposible, el viaje en el tiempo: ahora tenemos formas de colonizar y explotar incluso el futuro.

La ironía final de esta comercialización casi total del mundo llega sin sorprender mucho a cualquiera que esté familiarizado con lo que se ha convertido en una conducta adictiva. Estudios comparativos que han sido realizados en el tiempo y entre sociedades muestran que existe poca diferencia en la felicidad auto-reportada. El hecho de que nosotros en el mundo desarrollado estemos consumiendo ahora tanto más no parece tener mucho efecto sobre nuestra felicidad [18].


Esto no sorprenderá a los que tienen una orientación más religiosa. La mejor crítica de esta avidez de consumo sigue siendo proporcionada por las enseñanzas religiosas tradicionales. En el budismo, por ejemplo, los deseos insaciables del yo-egótico son la fuente de la frustración y de la falta de paz que experimentamos constantemente en nuestras vidas cotidianas. El exceso de consumo, que nos distrae e intoxica, es uno de los principales síntomas de este problema. Desafortunadamente, esta compulsión no alivia nuestra ansiedad sino que la alimenta.

Como respuesta, el budismo enseña la renuncia y la generosidad. Tal como decía Shunryû Suzuki rôshi, la renuncia no significa abandonar las cosas de este mundo sino aceptar que partan. Ver y aceptar que todo parte - incluso nosotros mismos -, es necesario para vivir serenamente. Sólo la persona cuya identidad no está apegada a la adquisición y al consumo puede renunciar realmente al mundo. La señal de la renuncia es la generosidad, ésta es profundamente reverenciada en el budismo como en todas las grandes religiones [19]. La verdadera generosidad no sólo demuestra un desarrollo moral, sino una lucidez.

Cuando disminuye la necesidad de definir y presentarnos, también lo hace el sentimiento de posesión y adquisición. Finalmente, podemos percibir que el mismo sentimiento de posesión descansa sobre la ilusión. Algo me pertenece si no te pertenece a ti. Sin embargo, si podemos ver que no hay un yo separado ti, como no hay un nosotros sin los fenómenos del mundo, el concepto de propiedad empieza a perder su significado. Fundamentalmente, no puede haber apropiación porque no falta nada [20].

El consumismo no solo pasa por alto el gozo superior de dar a los otros, sino que excluye la realización ontológica de la no-dualidad entre yo y los otros. Esta comprensión lleva a la visión transformadora de que no hay necesidad de ser apropiativo si no falta nada.

Otras religiones encuentran otras formas de expresar la importancia de la generosidad, pero creo que sus diferentes vías conducen a una comprensión similar de nuestra interconectividad. Si comparamos este enfoque con el adoctrinamiento del mercado sobre la importancia de la apropiación y del consumo - adoctrinamiento necesario para la prosperidad del mercado -, las líneas de batalla se vuelven claras. Todas las religiones genuinas son aliadas naturales contra lo que desemboca en una herejía demoníaca que mina sus enseñanzas más importantes.

En conclusión, el mercado no es sólo un sistema económico sino una religión - aunque no muy buena, porque sólo puede prosperar mediante la promesa de una salvación secular que nunca puede proporcionar realmente. Su disciplina académica, la "ciencia social" económica, se comprende mejor como una teología que pretende ser una ciencia.

Si es así, toda solución a los problemas que han creado también debe tener una dimensión religiosa. No se trata de pasar de los valores seculares a los valores sagrados, sino de la necesidad de descubrir cómo nuestras obsesiones seculares se han vuelto sintomáticas de una necesidad espiritual que no pueden satisfacer. Como consciente o inconscientemente estamos alejados de una comprensión religiosa del mundo, hemos llegado a perseguir los fines de este mundo con un celo religioso mayor, puesto que nunca pueden ser satisfechos. La solución a la catástrofe ecológica que ya ha empezado, y al deterioro social que ya sufrimos, surgirá cuando redireccionemos esta exigencia religiosa reprimida a su verdadero camino. Por ahora, ese camino comprende la lucha contra la falsa religión de nuestra era.

David Loy (agosto 1996)

Notas

[1] Herman E. Daly & John B. Cobb, Jr., For the Common Good (Boston : Beacon Press, segunda rev. ed. 1994), p. 178. Debo mucho a este libro indispensable que ofrece una crítica detallada de la teoría económica moderna. También muestra cómo nuestros problemas medioambientales y sociales podrían ser resueltos si tuviéramos la voluntad para ello.

[2] A. Rodney Dobell, "Environmental Degradation and the Religion of the Market", en Harold Coward, ed., Population, Consumption, and the Environment (Albany: State University of New York Press, 1995), p. 232.

[3] "Environmental Degradation and the Religion of the Market", p. 237.

[4] Karl Polanyi, The Great Transformation (Boston: Beacon, 1957), pp. 46, 57.

[5] R.H. Tawney, Religion and the Rise of Capitalism (New York: Harcourt, Brace, 1926), p. 31.

[6] Religion and the Rise of Capitalism, p. 86.

[7] Norman O.Brown, Life Against Death: The Psychoanalytic Meaning of History (New York: Vintage, 1961), p. 261.

[8] En Kirkpatrick Sale, Rebels Against the Future: the Luddites and their War on the Industrial Revolution (Lectura, Massachusetts: Addison-Wellesley, 1995), p. 58.

[9] The Great Transformation, pp. 163, 3.

[10] For the Common Good, p. 50.


[11] "La economía ha nacido, por lo menos rematada a la mitad, del cerebro de Adam Smith que puede ser, a decir verdad, considerado como el fundador de la economía en tanto que campo abstracto y unificado del discurso y ésta sigue, sin que verdaderamente lo sepamos, respirando el ambiente del racionalismo y del deísmo del siglo XVIII." (Kenneth E.Boulding, Beyond Economics [Ann Arbor, Michigan : University of Michigan Press, 1968], p. 187.)

[12] For the Common Good, pp. 160, 162.

[13] Daniel Miller, ed., Acknowledging Consumption: A Review of New Studies (London: Routledge, 1995), p. 19.

[14] Fernand Braudel, The Wheels of Commerce (New York: Harper and Row, 1982), p. 183.


[15] Alan Durning, How Much Is Enough (New York: Norton, 1992).

[16] How Much Is Enough, p. 38.

[17] For the Common Good, p. 373.

[18] For the Common Good, p. 86.


[19] La generosidad (sánscrito dana) es considerada como la primera y la más importante de las paramitas ("virtudes trascendentes") del Mahayana ya que implica todas las otras.

[20] Meg Jeffrey, "Consumerism in the Monastery"' en Turning Wheel Verano 1995, p. 12.

Este artículo ha sido escrito para el New Theology Working Group que se beneficia del mantenimiento del Centro de Estudios Religión y Sociedad de la Universidad de Victoria, de la Consulta Religiosa y de la Fundación Ford.


(*) David Loy es profesor de la Facultad de Estudios Internacionales de la Universidad de Bunkyo en Chigasaki, Japón. Anteriormente fue tutor señor del departamento de filosofía en la Universidad Nacional de Singapur de 1978 a 1984. Es crítico social, editor y escritor de varios libros, entre ellos el premiado con el Frederick J. Streng Book Award de 1999, Lack and Trascendence: The Problem of Death and Life in Psychotherapy, Existentialism, and Buddhism , publicado por Humanities Press (New Jersey) en 1996. Recibió la autorización para enseñar el dharma budista del maestro zen Yamada Koun .

Traducción del inglés de Claudia Melissen

Reproducido con la amable autorización de David Loy.


Anterior | Índice | Siguiente

 


OCTUBRE ~ DICIEMBRE   2006
http://www.zendodigital.es

banda roja

Publicación trimestral de la CBSZ